miércoles, 5 de diciembre de 2007

Jergas

escribe Carolina Mantegari
Semiología-Consultora Oximoron,
especial para JorgeAsísDigital

“Los argentinos nos merecemos, de nosotros mismos, un mejor relato”.
Sentencia de la señora Cristina, en el Hotel Intercontinental. Hablaba, con serena solvencia, desde “el lugar” de la Presidenta electa. Entre la euforia previsible de los entusiastas adherentes que fingían entenderla.
Ella suele referirse, con frecuencia, a “La construcción del relato”. Asimismo, pondera la necesidad de “Cambiar los espejos”. De “Facilitar la mirada del Otro”. De “Asumir la historia”. A veces, por si no bastara, desde “El no lugar, que es también un lugar”.
A través de la jerga, la señora sobrevuela, con sistemática eficiencia, el clandestino circuito de los valijeros. Para dirigirse hacia los interlocutores preferenciales. De la dimensión, idílicamente reconocida, del pensador más gordito de los Feinmann. O del referencial más sólido, Horacio González, con la potencia protectora del bigotón que lo asemeja a Lavolpe. Menos que a Viñas.
Basta, con la jerga elitista de los significantes, para que el resto de los interlocutores, aunque sin tanta formación, logren captar la desmesura ontológica de las distancias.
Aunque, quienes la aplaudan, sean los funcionarios con cama adentro. Los que conocen parcialmente los secretos del Sistema Recaudatorio de Acumulación.
O los militantes, vagamente escépticos, que combinan deseos de revancha con los índices controlados de colesterol. O los voluntaristas que conservan atisbos exteriores de progresismo. Fastidiados por las conjunciones de lecturas inútiles. O los peronistas reversibles de medialuna enarbolada, que mantienen proyectos, individualmente providenciales, de lícita salvación.
Basta, además, que los votantes, aquellos que la contemplan por televisión, sepan que Cristina instala, en el plano del discurso, una magnitud superior. Aunque no comprendan la densidad presunta de sus mensajes. Alcanza para constatar que “la señora es más inteligente”. Un “cuadro”, como suele decirse, a los efectos de elogiarla. Propagadora, en definitiva, de una cultura para inmovilizar. Y estamparla. En la pared. (Pero esto último nunca debe decirse. Tampoco escribirse).

“Hay que ver con que relato abordamos el tema del INDEC”.
Así también reflexionó Cristina, en la impunidad frontal de un reciente reportaje. Ante funcionales periodistas de la Secretaría de Estado de Página 12.
Demasiados significantes para evitar el significado de esta crónica.

Fast food

Abuso del lenguaje. Impregnado, para colmo, con el tráfico del post modernismo de fast food. Autocalificada de “hegeliana”, Cristina suele exhibir, sin confrontaciones, una estructura intelectual, ostensiblemente superior, a la que propone, con franca elementalidad, su marido.
Sin embargo, a Kirchner le importa, saludablemente, muy poco, la jerga culturosa que suele fascinar a su mujer. Casi nada. En realidad, le importa un pepino.
Menos que “la construcción del relato”, a un insaciable como Kirchner, en general, lo movilizó, hasta aquí, la idea de situarse en la plenitud del centro distributivo de la política. A los efectos de generar, en todo caso, “el relato”. Que se narra, inconvenientemente, desde los medios, siempre cuestionados por el Cesarismo Conyugal. Medios acotados por la frontera liminar del recato. O por el pudor que atempera, si no la carencia total de arrojo, el mero ropaje de la autolimitación.
Consten los esfuerzos semánticos de esta cronista, para evitar el vocablo “autocensura”.
Desde el Portal, como aporte, puede intentarse el abordaje de la utopía conceptual. A los efectos de develar las claves hipotéticas de la interpretación. De la jerga, que admite, con beneplácito, el sobrio ejercicio de simulación de profundidad.

Conflicto

En 55 meses de atropellada hegemonía, en su “relato”, fatigosamente narrado desde los medios, Kirchner supo demostrar, ante todo, que no existe “política sin conflicto”.
En la práctica, Kirchner debiera enseñarle a Cristina que sin conflicto, precisamente, no hay relato.
La característica principal, en Kirchner, el productor del poder que sólo formalmente transfiere, consiste en la ejercitación activa del conflicto multiplicado. Hasta el infinito.
Y hasta identificarse, el conflicto, con él.
Es decir, el conflicto, en la Argentina, es Kirchner.

La asunción del conflicto le permitió, a Kirchner, en “el relato” aún no debidamente narrado, imponer la ficción del crecimiento.
Para adueñarse, además del poder vacante, de la historia. Con la pasiva indolencia de la sociedad apabullada por el relato de bajas calorías, generado desde los medios. Acotados, presionados admisiblemente por las diatribas cotidianas de los dueños del poder.
En este momento, dueños hasta de la historia.
Es el ejercicio absoluto del poder lo que le facilita a Kirchner la ostentación máxima. La que tanto sorprende en las civilizaciones más estructuradas, a través de los despachos de desorientados corresponsales que pugnan por entenderlos.
La ostentación de cederle el poder, en el plano exterior del relato, a Ella. A los efectos especiales de edificar el inédito Cesarismo Conyugal. El que la lucidez de Gramsci no alcanzó, siquiera, a imaginar.

Por lo tanto, resulta razonable que la sucesora, en su imaginario, se preocupe por “la construcción del relato de la política”.
Sobre todo porque ella se queda, exclusivamente, con “el relato”.
Debe asumir entonces el riesgo de recibir “el relato”, pero sin la política que lo sustenta. Y que Kirchner se lleva, a su pesar, arrastrada.
Con la crudeza de asumir que, al menos para “el relato de los medios”, puede resultar más interesante conocer la cotidianeidad de Kirchner, en las oficinas de Puerto Madero. Que la previsible monotonía aleatoria. La de los ecos que persisten en la Casa de Gobierno.

Porque Kirchner, al irse, puede llevarse, consigo, aparte de la política, la multiplicidad de los conflictos que se dilatan por la carencia de soluciones. Lo que de ningún modo significa, para ella, ni de lejos, la irrupción del desentumecimiento. O sea, la relajación del alivio. Al contrario, constituye un vaciamiento.
Y los conflictos, convertidos en virtuales quilombos, inexorablemente van a estallarle. A la sucesora puede costarle, en adelante, mucho más el control del “relato”. Lo único, entre nos, que le queda.
Porque Kirchner se le lleva, el próximo lunes, el “final de la historia”. Aunque ella se quede, al fin y al cabo, con la inutilidad del relato.
Desprotegida, ante “la Otredad”. Con la indulgencia maligna de las miradas vengativas, que buscan vanos espejos. Como en los poemas de Borges. O en los cuentos de Poe.

Merced a la fragilización de la sociedad, desde los resortes del gobierno, en la Argentina culturalmente monárquica puede acumularse un excesivo poder. Suficiente para sumergirse en la errónea tentación de digitar la historia.
Aunque la historia, irreparablemente, suele volverse encima. En contra, cada tanto, del digitador. Del que dependen, sólo transitoriamente, los ejes del conflicto.
Ejes del relato de la historia que nunca se puede narrar. Para la posteridad que a nadie le importa. Al menos, según la conveniencia del protagonista narrado. Y aunque se cambien, como sugiere Cristina, las miradas de todos los espejos.

Carolina Mantegari
Consultora Oximoron, para JorgeAsísDigital
(permitida la reproducción, incluso sin citación de fuente).

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La propia historia

La hija del Colectivero que llegó.

En vez de sostenerse en jerguitas inofensivas de construcciones lingüísticas, en divagaciones de otredades y elitismos de espejos, la señora Cristina podría disponer, con resultados más optimistas, de otros escenarios venturosos.
Sobre todo si decide profundizar, hasta la completa asunción, de su ocultada identidad -origen de probables complejos e inseguridades- de ser hija de Eduardo Fernández, El Colectivero.
Tal como lo revelara, gráficamente, el último domingo, en el Suplemento Observador, del semanario Perfil.
Es decir, Cristina debiera asumir la historia. Tal como, aconsejablemente, lo invoca. Así sea la propia historia. La angustiante, dificultosa. Confeccionada, sin mayor originalidad, por los profundos rencores que signaron, alborotadamente, el clima generacional.
En su eventual sinceramiento definitivo, Cristina podrá comprobar, en definitiva, que aquello que pudo, en la adolescencia, socialmente avergonzarla, hoy la legitima. Hasta reivindicarla.
O mejor: aquella atmósfera de supuesta negatividad, que la impulsaba a construir, sigilosamente, sus distancias, hoy consigue, por el logro de su destino, la paradoja de acercarla.
Para desentumecerle, en todo caso, la invulnerabilidad de la armadura. A los efectos de aproximarla, aún más, al semejante. A “la mirada del Otro”. Y así mostrar su epopeya, casi orgullosamente, entre los sectores populares. Los que suelen emocionarse y decidir elecciones. Los que pueden tomarla, emblemáticamente, con la combinación, siempre redituable, de identificación e idealización.
En trazo grueso, pueden tomarla, a Cristina, como el máximo ejemplo de la muchacha inquieta del barrio. Una Samantha, por una vez, triunfal. Una igual que, en definitiva, logró llegar. Merced a la superación, gloriosamente individual, de la sumatoria de desventuras, de postergaciones similares que permiten la aventura popular de la proyección.
Por lo tanto, desde la aledaña autenticidad de Tolosa, Cristina, la hija presuntuosa de Eduardo, El Colectivero, fue quien protagonizó la peripecia admirable, y a los efecto de “construir el propio relato”. Hasta alcanzar el peldaño inalcanzable, el más alto. Aunque haya dejado, en el camino, una colección de máscaras. Ensayos de poses hegelianas y arrebatos de imposturas. Entre la sucesión de simulaciones típicas de la escalera.

C.M.